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jueves, 1 de abril de 2010

LORCA GALLEGO (tras los pasos de Federico)

poesía
Federico García Lorca visitó Galicia en numerosas ocasiones, recorriéndola con su compañía de teatro "La Barraca", haciendo amigos y poesía, como siempre. Hombre inquieto y enamorado de la vida y de la belleza como ninguno, llegó a ser un gran conocedor de la cultura y la lengua gallegas, rebosantes de magia y misterio. Desde Martín Códax a Rosalía de Castro, regaló seis estampas en la obra Seis Poemas Gallegos, impresa en diciembre de 1935 en la revista gallega Nós, dirigida por el galleguista y alcalde de Santiago de Compostela, Ánxel Casal.
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Casualmente, o no, tanto Casal como Lorca, grandes amigos ("hermanos", decía el poeta) fueron fusilados por los franquistas el 19 de agosto de 1936. Los dos cuerpos yacían muertos ese mismo día a mil kilómetros de distancia: junto a la Fuente Grande, la de las lágrimas, entre Víznar y Alfacar (Granada), el del poeta, y en un foso de la carretera de la parroquia de Cacheiras (afueras de Santiago de Compostela), marcado hoy con un pequeño monumento, el del editor y político gallego.

Encuentro de tragedias, sí. Pero también encuentro de culturas. Encuentro de amantes de la libertad, la poesía y la belleza.
libertad
Federico García Lorca (abajo, a la izquierda), con su grupo de teatro
"La Barraca", 1932-1936. Arriba, a la izquierda, Ánxel Casal.

Fuente: BBC -
"En imágenes García Lorca: un poeta, una vida"


CHOVE EN SANTIAGO
(Madrigal á cibdá de Santiago)
Letra: Federico García Lorca
Música: Alberto Gambino

Chove en Santiago
meu doce amor
camelia branca do ar
brila entebrecida ao sol.

Chove en Santiago
na noite escura.
Herbas de prata e sono
cobren a valeira lúa.

Olla a choiva pola rúa
laio de pedra e cristal.
Olla no vento esvaido
soma e cinza do teu mar.

Soma e cinza do teu mar
Santiago, lonxe do sol;
agoa da mañan anterga
trema no meu corazón.




DANZA DA LUA EN SANTIAGO
(Federico García Lorca)

¡Fita aquel branco galán,
olla seu transido corpo!

É a lúa que baila
na Quintana dos mortos.

Fita seu corpo transido
negro de somas e lobos.

Nai: a lúa está bailando
na Quintana dos mortos.

¿Quén fire potro de pedra
na mesma porta do sono?

¡É a lúa! ¡É a lúa
na Quintana dos mortos!

¿Quen fita meus grises vidros
cheos de nubens seus ollos?

¡É a lúa! ¡É a lúa
na Quintana dos mortos!

Déixame morrer no leito
soñando con froles dóuro.

Nai: a lúa está bailando
na Quintana dos mortos.

¡Ai filla, co ar do céo
vólvome branca de pronto!

Non é o ar, é a triste lúa
na Quintana dos mortos.

¿Quén brúa co-este xemido
dímenso boi melancónico?

¡Nai: É a lúa, a lúa
coronada de toxos,
que baila, e baila, e baila
na Quintana dos mortos!
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"La poesía no quiere adeptos, quiere amantes."
(Federico García Lorca)

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martes, 5 de enero de 2010

O TOLO


Hoy he sabido de la muerte de un hombre que conocí en Galicia hace algunos años. Era ya anciano y, según me han dicho, le han encontrado sin vida en el Parque de la Alameda, en Santiago de Compostela, seguramente cerca de Valle-Inclán, entre la carballeira, los arces, los castaños de Indias, los cedros del Himalaya y la camelia florida. Como él quería. Lo sé porque me lo dijo. Y aunque no me lo hubiera dicho...

Le llamaban O Tolo ("El Loco"), porque hablaba solo -consigo mismo, decía él- y con los árboles, recitaba poesía y teatro en voz alta, contaba a los turistas y locales las historias que querían escuchar y las que desconocían por completo, sobre esos árboles, el parque, la ciudad... He de decir que tan sólo hablé una vez con él, media tarde, pero a mí me pareció una de las personas más cuerdas de cuantas he conocido. Una cordura que para los demás era locura. A lo mejor porque ni vivía, ni pensaba, ni hablaba como ellos.


Paseaba yo por el parque, sola, mochila en ristre cual Labordeta. Me encontraba de pie, observando un roble centenario, cuando de pronto escuché una voz ronca y anciana, más anciana -se me antojó- que el roble que observaba, la cual comenzó a narrarme calmada y minuciosamente la historia de aquel árbol. La escuché con atención y agrado (disfruto de estas sorpresas). Luego me di la vuelta y vi a un hombre bastante viejo y muy estropeado. No parecía exactamente un vagabundo, más bien un hombre con pocos recursos económicos o ningún interés por mostrarlos. Lucía una barba gris de varias semanas, sus ropas eran viejas, pero cuidadas, y olía a caramelos de menta.


Le permití, complacida, que me siguiera-guiara por el parque y que me contase lo que él deseara. Apenas le interrumpí, pues en cierto modo me parecía un sacrilegio. Desde el principio vi que era un hombre culto, muy culto, amable, desprendido, nada convencional... y destilaba una extraña combinación de tristeza y entusiasmo por la vida y por las historias que contaba. Me encantó. Y nada más dejarle, caminaba yo pensando que se trataba de una mixtura mágica y maravillosa de un trasgo, Gibran y Valle-Inclán.


Después de aquella tarde espléndida e inolvidable no volví a verle. Aunque la verdad es que le he recordado muchas veces, sobre todo cuando miro un árbol y me pregunto cuánto ha vivido, cuántas vidas ha visto pasar y cuántas historias han escuchado su tronco, sus ramas y sus hojas.

"Paseo de la Herradura", en el Parque de la Alameda. Al fondo,
perspectiva de la fachada del Obradoiro (Santiago de Compostela).
Fuente: Viajando tranquilamente por España
"De viaje por Galicia: Santiago de Compostela siempre sorprendente"
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O Tolo me ha recordado a El Loco de mi adorado Gibran Jalil Gibran, o viceversa, que nació un 6 de enero, cual regalo de Reyes Magos:
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Me preguntáis cómo me volví loco. Así sucedió:
Un día, mucho antes de que nacieran los dioses, desperté de un profundo sueño y descubrí que me habían robado todas mis máscaras. Sí, las siete máscaras que yo mismo me había confeccionado y que llevé en siete vidas distintas. Corrí sin máscara por las calles atestadas de gente, gritando:
-¡Ladrones! ¡Ladrones! ¡Malditos ladrones!
Hombres y mujeres se reían de mí, y al verme, varias personas, llenas de espanto, corrieron a refugiarse en sus casas. Y cuando llegué a la plaza del mercado, un joven, de pie en la azotea de su casa, señalándome gritó:
-¡Miren! ¡Es un loco!
Alcé la cabeza para ver quién gritaba, y por vez primera el sol besó mi desnudo rostro y mi alma se inflamó de amor al sol, y ya no quise tener máscaras. Y como si fuera presa de un trance, grité:
-¡Benditos! ¡Benditos sean los ladrones que me robaron mis máscaras!
Así fue que me convertí en un loco.
Y en mi locura he hallado libertad y seguridad; la libertad de la soledad y la seguridad de no ser comprendido, pues quienes nos comprenden esclavizan una parte de nuestro ser.
Pero no dejéis que me enorgullezca demasiado de mi seguridad; ni siquiera el ladrón encarcelado está a salvo de otro ladrón.



Escultura de Ramón Mª del Valle-Inclán en
el Parque de la Alameda (Santiago de Compostela).

Fuente: Parque Patricios Blog
"Ayuda para los forasteros: diga Ínclan, jamás Inclán"

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"Loco no es el que ha perdido la razón, sino el que lo ha perdido todo, todo, menos la razón."
(Gilbert K. Chesterton)
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