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martes, 1 de junio de 2010

DANIEL COHN-BENDIT

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Esto es un político de verdad: el que dice la verdad, tiene buenas intenciones y propone soluciones.
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"Hay que tener el valor de decir la verdad, sobre todo cuando se habla de la verdad." 
(Platón) 
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jueves, 21 de enero de 2010

LA BELLEZA COMO CATARSIS

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Decía Alejandro Casona que la belleza es la otra forma de la verdad. Y Platón que, en realidad, la belleza es el esplendor de la verdad. Por eso no necesita explicación. 

En un mundo apresurado, que divaga a la velocidad de la luz, que idolatra lo superfluo, la frivolidad, la belleza externa que dictan los cánones de cada época,... uno debería realizar, al menos de cuando en cuando, un verdadero ejercicio catártico, un ejercicio de honestidad, purificar el alma, buscar la verdadera belleza e inundarse de ella. Porque buscar la belleza es buscar la felicidad.

Etimológicamente, Catarsis (Κάθαρσις) significa purga, purificación. En la antigua Grecia se realizaban constantes rituales para purificar a las personas y a las cosas que se creía afectadas de impurezas. En su Poética, Aristóteles adjudicaba al teatro y a otros espectáculos un papel fundamental para este fin: contemplar la tragedia para purificarse del terror, para aprender a experimentar sensaciones como la compasión y desarrollar la capacidad de empatía. 

La tragedia griega era la representación bella de un mundo brutal, despiadado, horrible, gobernado por la guerra, la enfermedad, los miedos, la soledad, la tristeza... Contemplar la representación bella de ese mundo purificaba el alma de los griegos, les invitaba a apiadarse de él, a sentirse parte de él y a luchar por él. El comienzo de la búsqueda de la felicidad está en las profundidades, en la oscuridad, en la tristeza, en el sufrimiento.

Por eso cada cual debería realizar su catarsis con más frecuencia. No solo por las razones apuntadas para los griegos, que ya son más que suficientes, sino por una simple cuestión de búsqueda de placer y verdad frente al dolor y la frivolidad. Por eso hay que jugar a ser griegos y, de repente, o no tan de repente, dejarlo todo, detenerse y observar de verdad las cosas, a las personas, escuchar. Ni siquiera hablar, porque hablar no deja de ser un acto invasivo, aunque nuestros propósitos sean buenos, aunque pronunciemos palabras de amor. Sencillamente detenerse, observar y escuchar. "Solo" eso. De esa forma podemos encontrar la auténtica belleza. De esa forma podemos lograr momentos de felicidad, incluso en la tristeza.

"Edipo y la Esfinge", dibujo de un vaso griego 
(inspirado en Edipo Rey, de Sófocles, s. V a.C.). 
Fuente: Instituto Español "Cañada Blanch" 
"Edipo Rey, Sófocles" 

Mi adorado Carlos Fuentes escribió una rareza maravillosa llamada En esto creo. Es una especie de diccionario personal, vital, que hago mío. En este caso os dejo lo más importante de su definición de "Belleza", que es extraordinaria. Por supuesto, os recomiendo la lectura de toda la obra. 
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BELLEZA
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"Sócrates se sabía feo y rogaba por «la belleza interna». Creo que no hay disposición más certera para juzgar «lo bello» que ésta: pedirle al cuerpo que sea guía hacia el alma y, al alma, que nos permita entender la posible armonía entre cuerpo y espíritu. Implícita en nuestra vida está la cuestión de cómo se relacionan el alma y el cuerpo. ¿Son inseparables, sólo los divide la neurosis o la muerte, sobrevive el alma al cuerpo o mueren, abrazados, la una con el otro?

Lo feo es el cuerpo sin forma. El artista trata de reunir todo lo disperso. No importa el tema, dolor, muerte, nacimiento, revolución, poder, orgullo, vanidad, sueño, memoria, voluntad, no importa qué cosa anime al cuerpo con tal de darle forma y entonces deja de ser feo y Sócrates tiene razón. La belleza sólo le pertenece al que la entiende, no al que la tiene. La belleza no es más que la verdad de cada uno de nosotros.

La verdad y la belleza de los cuerpos pero también de los juegos, de los sueños, de la solidaridad, de la atención que le ponemos a las cosas y a los seres, de la comida y la bebida, del poema y del canto, de la memoria y de la imaginación, la belleza de la naturaleza, de la muerte y del misterio del día y de la noche.

En Los años con Laura Díaz, pongo estas palabras en boca de una Frida Kahlo imaginaria, herida y sangrante en una cama de hospital:

Puedes mirarme sin pudor... decir que me veo horrible, que no te atreves a mostrarme el espejo, que a tus ojos hoy no soy bella, en este día y este lugar no soy bonita, y yo no te contesto con palabras, te pido en cambio unos colores y un papel y convierto el horror de mi cuerpo herido y mi sangre derramada en mi verdad y mi belleza, porque sabes, amiga mía de verdad, de verdad mi cuata mía a toda madre, ¿sabes?, conocernos a nosotros mismos nos vuelve hermosos porque identifica nuestros deseos. Cuando desea, una mujer siempre es bella...
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Frida Kahlo: "Sin esperanza" (1945).
Fuente: Flickr

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(...) Pobre sería el arte de la belleza visual si excluyese la prolongación de la mirada en lo táctil, lo auditivo, lo olfativo, lo «gostoso», como dicen los lusoparlantes. Y es que los seres humanos deseamos un placer infinito que abarque todos nuestros sentidos.

Pero no nos contentamos con ello. Deseamos siempre algo más, algo que quizás ni siquiera sepamos concebir, pero que nuestra imaginación y nuestros sentidos buscan, exigen, imaginan aunque ni siquiera lo conciban. «Oh inteligencia, soledad en llamas, que todo lo concibe sin crearlo.» Esta profunda intuición de José Gorostiza en el más grande poema mexicano del siglo XX, le da palabras al gran dilema de la residencia en la tierra: Desear una satisfacción infinita, pero que al mismo tiempo sea temporal, un aquí y un ahora.

La belleza entrega su cuerpo no para decirnos que nos contentemos con lo que el mundo nos da, no para limitar nuestro deseo y pedirnos una conformidad cualquiera, sino para hacernos el regalo de un cuerpo presente, un cuerpo aquí y ahora que no sacrifica, sin embargo, ninguna de sus posibilidades, ninguno de sus puede y ninguno de sus nunca. En el arte se encuentran, para quien sepa mirar, el ideal del cuerpo y su negación; la armonía del cuerpo con el alma pero también su posible desarmonía; la presencia del cuerpo pero también su inevitable ausencia; su placer pero también su dolor."
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Frida Kahlo: "Abrazo amoroso", 1949.
Fuente: La dimora del tempo sospeso
"Senza recidersi mai dal proprio mare – Iole TOINI"

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Y siempre Aute: La Belleza.


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"Que procedas del cielo o del infierno, qué importa,
¡Oh, Belleza! ¡Monstruo enorme, horroroso, ingenuo!
Si tu mirada, tu sonrisa, tu pie me abren la puerta
De un infinito que amo y jamás he conocido."
(Charles Baudelaire, Himno a la belleza)

"Quitad de los corazones el amor por lo bello, y habréis
quitado todo el encanto a la vida."

(Jean-Jacques Rousseau) 

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lunes, 14 de diciembre de 2009

EL AMOR INCONDICIONAL

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Mi padre nunca me castigó. Jamás. Sé que resulta muy difícil de creer, pero es así. Nunca hubo un domingo sin paga, ni tampoco un "este fin de semana no sales", ni siquiera una leve colleja merecida o inmerecida. No me castigó siendo niña, tampoco en plena adolescencia, y desde luego nunca lo ha hecho en la edad adulta (si es que he llegado a ser adulta). De ninguna manera. Y no es que yo haya sido un angelito precisamente. Nada de eso. Ni zalamera. Ni siquiera medianamente afectuosa. Y al igual que casi todos los niños y adolescentes, alternaba los momentos de buen comportamiento con aquellos de capricho, rebeldía y/o sublevación. Pero nada, mi padre no me castigaba. Siempre obtenía a cambio esa mirada condescendiente y hasta sonrisas, ora tiernas, ora burlonas. Él todo lo resolvía dialogando, pacificando, ignorando los actos reprobables, dulcificando el conflicto, amordazándolo con palabras, nunca con castigos, aunque éstos pudieran antojarse a priori, dosificados y bien empleados, como el instrumento más justo, efectivo y natural.
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Esta realidad siempre me ha resultado desconcertante, en ocasiones frustrante, y, si me apuráis, deseducativa, he llegado a pensar. Hasta el punto que, a veces, yo misma provocaba conscientemente situaciones susceptibles de castigo. Pero ni así.
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Por eso son muchas las preguntas que me han asaltado al respecto de esta circunstancia insólita: ¿acaso es un experimento de mi progenitor?, ¿será que simplemente soy la niña de sus ojos?, ¿qué debería haber dicho o hecho, qué he de decir o hacer (sin caer en lo delictivo) para que me castigue?, etc. Y otras muchas preguntas las que le he planteado a él, obteniendo siempre respuestas evasivas, no concluyentes, insuficientes.

Creo que es el mejor ejemplo que conozco de amor incondicional. Pero... ¿cuánto de justicia e injusticia hay en el amor incondicional?. ¿Es una forma de obsesión que nos arrastra hasta la subjetividad y la irracionalidad más absolutas o, como decía Gandhi, ante un mundo saturado de odio, falsedad e irracionalidad, negador de la compasión y la tolerancia, sólo el amor incondicional es y siempre será la más subversiva, pacífica y compasiva de las militancias?

Mi padre (11 de octubre de 1968) 
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El amor incondicional es el que se profesa sin esperar nada a cambio. Se puede decir que su origen está en el agape griego (αγάπη), altruista y, curiosamente, de carácter reflexivo (a largo plazo), en el que uno se desprende de sí mismo y sólo tiene en cuenta al ser amado. Es totalmente diferente (contrario) al que destila el Ars Amandi del romano Ovidio, regido por la líbido y definido por el impulso de carácter sensual que aspira al goce material y al logro erótico definitivo y absoluto; y contrario al eros, amor egoísta que busca poseer al otro. El agape o amor incondicional es más bien el definido por Platón: universal, humano, que busca la verdad. Es ese hombre que regresa a la caverna, ciegamente, irracionalmente, olvidándose de sí mismo, para liberar a los prisioneros de sus cadenas, alejarlos de las sombras y llevarlos a la luz. Emplea un proceder irracional para lograr el propósito más racional: la verdad-felicidad.

El cristianismo original, misionero, es amor incondicional: "Amaos los unos a los otros como yo os he amado" (Juan 13,34) y "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Levítico 19,18). Trasciende el sentimiento, mostrándose con fuertes connotaciones espirituales. También lo es el Mettā budista, amor desprendido que aleja del egoísmo, los deseos y la hostilidad, y acerca a un estado pacífico y feliz. Es el amor más puro, libre de las emociones perturbadoras, que nos producen sufrimiento a nosotros y a los demás.
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Del inquietante y omnipresente San Agustín puedo recoger su ya manida "la medida del amor, es amar sin medida". Pero, sobre todo, resumiré su pensamiento al respecto con una frase contundente, como todo él: "dadme otras madres y cambiaré el mundo". Es decir, en la educación con amor incondicional está el gran cambio de la Humanidad.

El siglo XVII es especialmente rico en teorías y concepciones sobre el amor incondicional, ejemplificadas en el amor a Dios, desde el punto de vista del cristianismo protestante. Baruch de Spinoza (Ética demostrada según el orden geométrico) ofreció una definición que puede encuadrarse en los requerimientos de las ciencias humanas: "El que imagina aquello que ama afectado de alegría o tristeza, también será afectado de alegría o tristeza". Su idea es la de un amor intelectual y espiritual que persigue el conocimiento absoluto, la consecución de la libertad, la salvación del ser humano.

Blaise Pascal (Discurso sobre las pasiones del amor) decía que es inevitable amar, pues "nacemos con un carácter de amor en nuestros cuerpos que se desarrolla a medida que el espíritu se perfecciona (...), da entendimiento y se sostiene por el entendimiento". Pasión y reflexión se oponen pero no amor y razón: "No excluyamos pues la razón del amor ya que son inseparables", pues existen verdades de la razón y verdades del corazón.

Para Gottfried Leibniz, "amar es encontrar en la felicidad de otro tu propia felicidad". Es también una idea de amor incondicional, porque el verdadero amor conoce y descubre, y los intereses que persigue tienden al bien y no al placer egoísta ni al provecho mezquino basado en la manipulación del otro. Ese amor puede ser el mejor sostén de la razón.

Para estos tres humanistas del XVII, ese amor de carácter incondicional es un fenómeno que embellece y perfecciona el alma y contribuye a elevarla.

Ya en el siglo XX, el psicólogo Carl Rogers decía que se debe mostrar amor incondicional hacia los niños, ya que si éstos no se sienten aceptados incondicionalmente van a verse obligados a generar conductas para serlo. Y como todo ser humano tiene derecho a la aceptación incondicional, si no la ha disfrutado, ha de facilitársele para re-construir su vida. Porque la persona amada y libre tiende a ser congruente, a tener buena autoestima, a tomar decisiones partiendo del presente, a guiarse por su propia experiencia y a funcionar óptimamente.

Y en mi particular recorrido por esta desazón personal, quiero concluir con el principal valedor de la misma: Mahatma Gandhi. En sus Reflexiones sobre el amor incondicional, recopiladas por Miguel Grinberg, dice (y dice bien) que las naciones están gobernadas por una ley diferente a la que gobierna a las familias. Por eso los libros de historia no hablan del amor incondicional de un padre a su hijo. La historia simplemente se contenta con dar fe de las interrupciones de las cosas. Es algo muerto, no habla del amor, y "donde no está presente el amor no existe vida".

“Si queremos enseñar una paz verdadera en este mundo, y si tenemos que continuar una auténtica guerra contra la guerra, debemos empezar por los niños. Si les permitimos crecer en medio de su ingenuidad natural, no tendremos que librar más batallas; sino que iremos del amor al amor y de la paz a la paz, algo de lo que el mundo está hambriento.
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“Si el amor no es la ley de nuestro ser, todos mis argumentos se hacen añicos”.
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(Mahatma Gandhi, Reflexiones sobre el amor incondicional.)

La utopía social de Gandhi nunca ha sido tal utopía en mi casa, con mi padre. Él me ha demostrado que una forma pequeña e inocente de contemplarla, de trabajarla, edifica realidades, construye mejores personas. La historiografía nunca recogerá esta clase de experiencias, pero yo doy fe de una de ellas en este blog, aunque sólo sea como homenaje a mi Mahatma ("alma grande") particular.

Y sin embargo, sigo desconcertada.

Por cierto, amo a mi padre, incondicionalmente.

"Manos", de Jesús Gómez.

"El más pródigo amor le fue otorgado.
El amor que no espera ser amado."
 
(Jorge Luis Borges)
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