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jueves, 14 de julio de 2011

CONVENCIÓN, LENGUAJE Y PERCEPCIÓN

contra la dictadura del contrato social
Tras la lectura de "El aislamiento de los incomunicados", en el blog hermano Solusloquor, no puedo estar más de acuerdo con su autor.

Soledad y aislamiento no necesariamente son sinónimos. Estar solo no es lo mismo que estar aislado. No todo el que está solo se siente solo. Y aquellos rodeados de gente pueden sentirse y estar solos. Los significados y la instrumentalización del lenguaje que ha establecido la CONVENCIÓN no son la verdad. Simplemente son la interpretación oficial erigida en norma. Muy al contrario. Se convierten en prejuicios cuando, explícita o implícitamente, se imponen como verdad, ortodoxia, paradigma, ley, contrato social.

La "verdad" es... que todo es percepción. Pero dado que somos seres miedosos y temerosos que necesitan orden frente al caos (la pura percepción es caótica), que nos angustia, pues demandamos significados, "verdades", normas sociales... para ordenarlo todo, para mitigar los miedos. A ser posible ordenarlo todo de una sola forma. Y lo que se aparta de la norma social es negativo, malo, peligroso.


"Karol Szymanowski - King Roger / Krol Roger" (2007), 
de Rafal Olbinski.
Fuente: David Pollack Vintage Posters

Y como somos seres parlantes, glosamos en el lenguaje: ese prodigio humano, ese universo de posibilidades, ese mal necesario o ese bien peligroso, según percepciones. Decía Heidegger: "Sólo hay mundo donde hay lenguaje". ¡Toma aforismo! Ahí queda eso. Vamos, que los autistas profundos y las plantas no son de este mundo, ni de ninguno, son limbo. Para Heidegger.

Creo que el LENGUAJE, que es innato, es (debería ser) antes la expresión del pensamiento individual (Chomsky) que un instrumento de comunicación de carácter colectivo. Que también lo es y tiene que serlo. Pero la sociedad obliga a que prevalezca lo segundo infinitamente más que lo primero. La convención trata de anular el pensamiento y su expresión individual e introduce sus prejuicios y normas mediante el lenguaje y las estrategias de comunicación.

Así, todo es prejuicio. Todo es una convención expresada a través del lenguaje. Quien discrepa del acuerdo, quien se expresa en otros términos, está solo (según el contrato social).

Siguiendo con el concepto de soledad como ejemplo, creo que hay que definirlo en relación con la idea y el sentimiento de felicidad de cada individuo. Quien se siente feliz no puede sentirse solo. Y quien se siente infeliz, se siente solo. Pienso que los dos conceptos están ligados indefectiblemente. Pero como todo es percepción, supongo que cada cual tiene la suya acerca de la soledad. Esta es la mía. En cualquier caso, es un error concebir como únicos y verdaderos el lenguaje y los conceptos establecidos por la convención.

Me quedo en este punto con la idea de PERCEPCIÓN, que es la clave: el individuo frente a la convención y la instrumentalización del lenguaje. Fijaos que el DRAE, con el que estoy de acuerdo en este caso, la define como "sensación interior que resulta de una impresión material hecha en nuestros sentidos". Pero, curiosamente, también la define como "conocimiento, idea". O sea, que es sensación y, por tanto, presentimiento, imprecisión, posibilidad... Pero a la vez es conocimiento, o sea entendimiento, inteligencia, razón, ciencia, sabiduría. 


Pudieran parecer acepciones contrapuestas, excluyentes: sensación vs. conocimiento, impresión material hecha en los sentidos, que son inmateriales y son más subjetividad que ciencia y razón. Pero en este caso las dos acepciones se complementan. Así es la percepción, ambigua pero conciliadora, para nada excluyente. En realidad es ciencia. Al contrario que la convención, que la desprecia y la combate con el lenguaje prejuiciado.

Por eso, se puede concluir que hay tantas definiciones de soledad como individuos, como percepciones. De soledad... y de lo que sea. Y ninguna verdad. O todas con la misma posibilidad de verdad, por igual. Sea cual sea la norma, la convención, que nunca es la verdad.


 "Untitled (Maze)", de Rafal Olbinski
Fuente: ARTBrokerage.com

"Pero si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje también puede corromper el pensamiento."
(George Orwell)

"En mi casa tengo tres sillas; una para la soledad, otra para la amistad, y una tercera para la sociedad."
(Henry David Thoreau)

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sábado, 26 de diciembre de 2009

LA IMPORTANCIA DE NO VERLO CLARO

duda, así sabrás que existes
"Quien todo lo entiende es que está mal informado", decía un sabio chino. Sin embargo, tenemos la necesidad vital, atávica y neurótica de verlo todo claro. Por eso tendemos a creer que las cosas son diáfanas y concluyentes, para autofacilitarnos el proceso, porque nos angustia el no entender.

Al respecto, dice el filósofo Rubert de Ventós que "sólo cuando comenzamos a querer de verdad a una persona o una cosa es cuando sentimos los límites de nuestro conocimiento de ella". En realidad, como mucho sólo creemos entender perfectamente aquello que, en el fondo, no nos importa demasiado. De ahí que la famosa discusión sobre que hay que conocer algo antes de amarlo o viceversa quede en entredicho o, como mínimo, matizada: sólo el amor o el interés por algo o por alguien nos hace sentir el alcance de nuestra ignorancia sobre ello. El amor nos ofrece el verdadero panorama, la medida de la torpeza de nuestro entendimiento. Es muy cierto. Y es necesario y maravilloso que ocurra esto.

Tendríamos que observar y atender un poco más, sólo por el placer de hacerlo, sin tener presente siempre, de forma obsesiva, la necesidad de entender y de preguntarnos el porqué de todas las cosas. Porque como bien apunta Rubert de Ventós, "la búsqueda obsesiva de un «sentido» para todo acaba así fácilmente en la paranoia". Lo ejemplifica muy bien una viñeta de Mafalda que el filósofo recoge en su imprescindible Por qué filosofía (1990):
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Mafalda y Susanita (Quino)
Fuente: Por qué filosofía (X. Rubert de Ventós).
Península, Madrid, 1990).
 

Me avergüenza sorprenderme a mí misma siendo a veces Susanita. Y es que con frecuencia ese imperativo de saberlo todo, calificarlo e interpretarlo responde más a nuestra necesidad de apaciguamiento que al deseo de conocer. Es ansiedad más que curiosidad, es miedo a desconocer ciertas cosas más que interés por conocerlas. 

Noscere audere (osar saber) debería complementarse (quizás en ocasiones suplirse) con nescere audere (osar ignorar). Algo así como volver a ser niños y hacer un millón de preguntas, a nosotros mismos y a los demás. Porque son esas preguntas inesperadas, a veces aparentemente tontas, las que nos mantienen despiertos y evitan que demos todo por supuesto o que caigamos en la ansiedad.

A veces, la necesidad enfermiza de verlo claro nos lleva a situar los problemas, a definir los acontecimientos y a colocar las preguntas allí donde quisiéramos que estuvieran, sólo para no tener que cuestionarnos de veras. Esto no es más que recortar el mundo a la medida de nuestras necesidades, "a la medida de los compartimentos mentales o culturales que tenemos ya preparados para entenderlo" (Rubert de Ventós).

Como el borracho que perdía cinco duros y los buscaba en torno a una farola. No los había perdido allí, pero él decía que como allí había luz para buscarlos..., pues en torno a la farola los buscaba. Muchas veces somos como él, nos construimos la ilusión de que los problemas están donde podemos controlarlos. Y no es así. Porque habitualmente están donde no se dejan detectar y manipular con facilidad.

Volviendo a Rubert, quizás debamos "poner en contacto lo que sabemos con lo que sentimos, lo que pensamos con lo que hacemos; desconfiar de las explicaciones que satisfacen", arriesgarnos a ver más de lo que creemos o queremos ver, porque "a menudo el afán de certeza y la búsqueda de la verdad se excluyen".

Por eso es muy cierto lo que Sócrates le decía a su esclavo en el Menón: para descubrir en nosotros mismos lo que de verdad son las cosas es preciso olvidar lo que creemos saber ya. Y, por eso, la figura de Sherlock Holmes (Grissom y/o House) sobresale frente a la de Watson (el resto de CSIs y/o equipo de doctores), que también tiene su importancia. Watson llegaba a la escena del crimen y rápidamente veía lo importante, lo significativo -un cuchillo sobre una mesa o un perchero cubierto de sangre-, mientras que Holmes se detenía en los detalles aparentemente sin importancia, en lo supuestamente trivial: una vela que debiera haberse consumido si el asesinato se cometió a tal hora, pero que aún quema.

Así se producen los verdaderos descubrimientos, las nuevas visiones de las cosas. Se trata de romper los esquemas convencionales que definen lo Relevante y lo Irrelevante, el Mensaje y el Ruido, los Medios y el Fin.

Se trata, en conclusión, de no avergonzarnos y dar más importancia a no verlo claro, de volver a preguntar como niños, de aprender a observar y a pensar desprendidos de prejuicios, convencionalismos, obviedades sólo aparentes, ansiedades y miedos.
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